Por: Carlos E. Ortiz M.

23 - Febrero - 2003

Cuando hablo de ti González Suárez, no puede menos que emocionarse y celebrar los latidos de mi corazón, sensible siempre a las añoranzas del pasado, a los imperativos de la camaradería, la fuerza evocadora del recuerdo, el poder de resurrección que tienen en la memoria las impresiones juveniles, el don del alma para que todo no muera en las remotazas del ayer, la virtud de la extraña cordial para guardar por lo menos las sombras de las sombras, y hay veces en que el amor y el dolor, la ausencia y el olvido, la vida y la muerte, ponen intenciones de lagrimas, hasta en las pupilas de los hombre que aseguran no haber llorado nunca. Amigos y compañeros de mi juventud Estudiantil Gonzalina, como quisiéramos volver a los días de aquella edad en que, dominados por el afán de saber, acudíamos a las clases de este plantel, los textos bajo el brazo y abierto el pensamiento a todas las promesas del futuro. Los mirajes del porvenir se nos descubrían en los mas distantes horizontes, y nuestra firmeza, nuestra fe, oscultaban los trayectos de los propios destinos, afianzándonos en las esperanzas del mañana, y en la seguridad de vencer y de contemplar realizadas las ilusiones, que se abrigan en los pechos de los jóvenes.

 Nos tocó la suerte envidiable de estudiar en el González Suárez, uno de los Colegios mas Ilustres con que se enorgullece la docencia. Maestros forjadores de juventudes, inculcadores del amor a la Patria, el culto a su Geografía y a su Historia, la devoción por sus tradiciones y costumbres, Maestros encargados de moldear el alma del joven, dándole forma dúctil, para que su pensamiento se abra por un camino sereno y tranquilo ante esa maravillosa visión del mundo y la naturaleza. Grato y Honroso es hallar que en la paginas de mi alma esté grabado este nombre González Suárez por siempre.

 

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