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Por:
Bernardita Larrea de Guerra
Rahway, New Jersey U.S.A.
blguerra@lycos.com
http://blguerra.tripod.com/
El Alausí que
recuerdo,
hoy para mí, tan
distante, en el tiempo y en el espacio,
pero reminicente en todos los momentos de mi
vida, era vibrante y colorido, rodeado por el verde
de la esperanza y el dorado de los trigales, que
salpicados por el rojo de las amapolas, recreaban el
paisaje, que domina en nuestros Andes; su cielo, tan
azul y prístino, mantenía un idilio sin par con
las estrellas, las que muchas veces,
guiaron nuestros pasos, por las semi-obscuras
calles, que en ese entonces, se alumbraban,
solamente, con una muy tenue luz artificial.
Seguramente, los que vivieron en Alausí, en el
periodo, (quizá un poco antes, ó un poco después) de 1.945 a 1.965, coincidirán
con mis recuerdos; para mí fueron veinte años, los
más felices e inolvidables.
En
ese entonces, no podía pasar desapercibida su gran
plaza, característica de muchos pueblos, en el día
de feria, desde la balaustrada que estaba a un
extremo de ella, se podía admirar un hermoso
conjunto, que parecía una inmensa postal, donde los
colores del arco iris, se multiplicaban en única
armonía; en ella, a más de tener lugar la feria de
los domingos, también hacía las veces de un
estadio de foot-ball, en el que, con motivo de las
diferentes fiestas patrias, se llevaban a cabo
encuentros de este deporte, entre equipos de Alausí,
y de los pueblos cercanos; en las fiestas de San
Pedro,
rodeada de palcos y barreras,
también servía de coso,
para las corridas de toros. Muy cerca de la
carretera panamericana, estaba situada la plazuela,
cuya superficie era semi-inclinada, y en ella, tenía
lugar la feria de los animales, los mismos que,
luego de pasar por el camal, llegaban hasta nuestra
mesa. A un extremo del parque, los comerciantes
armaban sus toldos, donde en una forma muy
llamativa, colocaban para la venta, los coloridos
atuendos, que usaban, tanto la gente del campo, como
los indígenas.
En
aquel tiempo, también recuerdo, que teníamos una
sola radio-emisora, “La Voz de Alausí”, la
misma que organizaba concursos de aficionados , para
dar a conocer el talento local, estos eran
auspiciados por los comerciantes, los mismos que
donaban pequeños premios,
para incentivar a los participantes;
también, por medio de sus micrófonos,
invitaban al público a participar, enviando
peticiones, firmadas sólo por seudónimos, para
dedicarlas anónimamente, esto causaba gran
expectativa entre los jóvenes. Debido a que en ese
tiempo, la corriente eléctrica, era muy deficiente,
las radios de otros puntos del país, solo se
podían sintonizar a muy altas horas de la noche ;
esto cambió enormemente, cuando llegaron al
mercado,
los radios portátiles de transistores, con
ellos, se podía escuchar música y noticias, a toda
hora y en todo lugar, y las amas de casa
encontraron, un motivo de entretenimiento,
escuchando las radio-novelas,
y los programas de arte culinario.
A
finales de la década de los años cincuenta, se
escuchaba constantemente la música de las rocolas,
que tan en boga estaban en todo el país, por un
sólo sucre, se podía elegir y escuchar dos
canciones. En el período invernal, cuando las
familias de la Costa, venían a gozar de nuestro
envidiable clima, las rocolas se volvían el punto
de reunión de todos los jóvenes, y en un ambiente
de alegría, y casi siempre sin planearlo, se
organizaban pequeños bailes, que la mayoría de las
veces eran por la tarde, y que no se extendían,
más allá de las primeras horas de la noche.
Los
sábados y domingos, en la sala de cine, y en
funciones de matinée y noche, se proyectaban películas
filmadas tanto en México, como en Hollywood, estas
últimas, con sub-títulos en español; en esta sala
también,
una vez al año, se presentaba la compañía
de teatro, Gómez-Albán,
la misma que hacía giras por todo el país;
a este espectáculo concurrían casi todas
las familias, aún las más conservadoras, luciendo
sus mejores galas; lo mismo sucedía, cuando las
Madres Oblatas presentaban las muy esperadas
veladas,
con motivo de las festividades del colegio.
Los
jóvenes de aquel tiempo, no teníamos muchas
alternativas con respecto a nuestra educación, ya
que había un sólo colegio secundario, mixto, y
laico,
el Colegio González Suárez, el mismo que
funcionaba en el viejo edificio,
frente a la estación del ferrocarril ; en
los colegios católicos, tanto, en el de las Madres
Oblatas, como en el de las Madres de la Caridad, se
daban clases de Comercio, y los dos, obviamente eran
femeninos. En el Colegio San Francisco de Sales,
tenían además un internado, donde venían a
educarse las hijas, de unas cuantas familias
acomodadas de la Costa de nuestro país.
Debido
a que en ese tiempo, no disponíamos de las
calculadoras, hoy, de uso tan común, en la vida
diaria, era indispensable memorizar muy bien las
tablas de multiplicar, así como gastar mucho papel
y lápiz, para resolver los problemas matemáticos.
La Televisión no estaba, ni siquiera en nuestra
mente, y las computadoras y el Internet, estaban, a
décadas de distancia.
El
coliseo de aquel tiempo, tenía sólo lo más
indispensable, la cancha de cemento, con una banca
del mismo material alrededor de ella, dos parantes,
con sus respectivos aros, y un espacio pequeño a
cada lado, donde unos años más tarde, se
construyeron unas graderías; pero esto no fue óbice,
para que lo disfrutásemos a cabalidad,
especialmente los que fuimos aficionados de este
deporte; aquí tenían lugar los partidos de basket-ball,
entre equipos de Alausí, y se realizaban los
campeonatos del Colegio González Suárez, al igual
que en fechas especiales, venían equipos de otras
ciudades,
a competir con los nuestros.
El
Alausí de aquel entonces, no teníamos una red
telefónica local, lo que hasta cierto punto, nos
daba la oportunidad, de tener un mayor contacto
personal con la familia y amigos, pero por otro
lado, lógicamente, la comunicación era mucho más difícil,
especialmente, cuando había que hacer llamadas de
larga distancia, en este caso, había que ir a la
oficina central, y esperar, hasta que la operadora
logre la comunicación, la que casi siempre,
no era muy clara, y por consiguiente, era
necesario alzar mucho la voz,
para lograr ser escuchados, esto también
daba como resultado, que las personas que estaban
esperando su turno para hablar, se esterasen, sin
querer,
de los asuntos personales de los demás.
También
en aquella época, los carnavales eran muy alegres y
divertidos, se jugaba con polvo, serpentinas y agua,
con esta última, se comenzaba a jugar más o menos,
unas dos semanas antes. En el domingo de carnaval,
los jóvenes aprovechaban, que también era día de
feria, para situarse en la balaustrada, llevando
consigo, canastos llenos de globos inflados con
agua, para desde allí, lanzarlos a las muchachas,
que se habían aventurado a salir, la mayoría de
las veces, no daban en el blanco, y los globos iban
a estrellarse en la persona no deseada. En cada uno
de los días de carnaval, ya al caer la tarde, todos
empapados, envueltos en serpentinas, y cubiertos de
picadillo de papel y polvo, los carnavaleros,
formaban varios grupos, y así recorrían las
calles, sacándole música, a todo lo que tuvieran
en sus manos, y entonando las canciones típicas,
para ya, en la noche, terminar la parranda, con una
buena comida y baile.
Los
días de Semana Santa, los vivíamos con mucha
solemnidad y recogimiento,
por las noches ,se asistía a la iglesia para
escuchar los sermones, especialmente,
el de las tres horas,
en el Viernes Santo,
y para seguir paso a paso el Descendimiento,
el mismo que precedía a la procesión, de la
que formaba parte casi todo el pueblo. El mantener
el orden en la misma, estaba a cargo de los
jergones, que no solo eran temidos por los niños,
sino también por algunos adultos; cada uno de los
participantes en ella, portaban una vela encendida,
por lo tanto, en esa noche, acababan unas cuantas
personas, especialmente mujeres, ya sea con el
cabello, o con el velo quemados. En el Viernes Santo
se degustaba la sabrosa fenezca, costumbre que
seguramente, perdura hasta hoy.
Dos
semanas antes de la Navidad, muchas familias se
esmeraban,
preparando los nacimientos, que cada vez eran
más elaborados, y por lo tanto, atraían mayor
cantidad de visitantes; también por las noches, se
jugaba quina,
en algunos establecimientos, que ya estaban
dispuestos para ello. En la nochebuena, la mayoría,
iba a la misa de gallo, y para mantenerse
despiertos, visitaban los lugares, donde podían
servirse, ya sea un caldo de gallina, tamales, o buñuelos;
en la noche de Año Viejo, se recorría el pueblo,
para ver los muñecos que lo representaban, y
de paso, escuchar la lectura de los testamentos,
que unas veces eran causa de risa, y otras
muchas, de enojo, de parte de los aludidos; a la
media noche se los quemaba, y con júbilo y
esperanza, se recibía el Año Nuevo.
Las
fiestas de San Pedro, se celebraban, con diversas
distracciones para el pueblo, como las ollas
encantadas, los ensacados, palo encebado y las
verbenas populares; previo a los tres días de
toros, se llevaba a cabo el torneo de cintas, las
cuales eran donadas por las damitas jóvenes, las
mismas que se esmeraban, porque la suya fuese la
mejor. Ese mismo día, por la noche, en un
concurrido baile, se coronaba a la reina de la
fiesta. Los tres días de toros, eran amenizados por
bandas de músicos de pueblo, y a los astados más
bravos, se les colocaba las colchas, donadas cada
una, por un grupo de señoras. También se
acostumbraba ir a las casas de los amigos, a
despertarlos con el albazo, y brindar entre todos,
con el clásico canelazo.
Con
mucha claridad recuerdo, a dos personajes muy
peculiares en nuestro pueblo: el uno, llamado
Fermín que durante toda su vida desempeñó el
oficio de lustrabotas, y que, por su condición de
sordo-mudo, se comunicaba por señas. Este
personaje, encontró el modo de decirles a los
demás, que todos ellos eran, menos listos que él,
y para esto ideó un juego: levantando la cabeza
miraba hacia un punto lejano, al mismo tiempo que
hacía señas con una mano; ante esto, casi ninguno
de los se encontraban a su alrededor, se sustraía
al deseo de mirar, pero, dándose cuenta de
inmediato, que todo era una estratagema de Fermín,
el mismo que, con sonoras carcajadas, y con la muy
conocida seña de la “nariz larga”, les
confirmaba, que habían caído en su trampa; este
juego era conocido por casi todo el pueblo,
pero sin embargo, seguían cayendo en él,
muchas veces sin querer, y muy pocas
fingiendo, para darle un poco de felicidad, a este
ser tan querido.
El
otro de estos personajes, era el Samuelito, (apodado
avioneta) él se ganaba la vida llevando canastos
con las compras de la plaza, o transportando pequeños
bultos de mercancía; su particularidad consistía
en que, inesperadamente, emprendía una veloz
carrera, con los brazos abiertos,
la misma que, duraba muy poco,
pero volvía a repetirse de rato en rato,
y más continuamente, cuando era incitado,
por los muchachos de la calle. En las fiestas de San
Pedro, se vestía muy elegante, con pantalón y
camisa del mismo color, que casi siempre era de un
azul- eléctrico brillante, lo que contrastaba con
la blancura de su tez; así vestido, se paseaba por
la plaza,
antes de que saliera el toro,
pero cuando llegaba este momento, por su
falta de agilidad, estaba a punto de no alcanzar la
barrera, y por ello,
la gente desde los palcos, gritaba con
desesperación, anticipando
lo que podía suceder.
No
puedo olvidar, que en ese período, hubieron dos
desastres naturales muy impactantes: el uno tuvo
lugar en Abril de 1.961, un temblor muy fuerte,
ocasionó la caída de algunas casas de adobe, lo
mismo que el cuarteamiento
de las paredes de muchas otras; pero, lo que
más consternó a todo el pueblo,
fue la caída de una de las torres de la
Iglesia; a raíz de esto, se construyeron las que
existen ahora,
las mismas que,
por lo que se dijo en aquel entonces,
son antisísmicas. Por temor a que el temblor
se repitiera, los que vivíamos cerca, salimos a
dormir en la plaza, bajo carpas, o a la intemperie,
y como es natural, hubieron varias réplicas, lo que
nos tuvo muy atemorizados por algún tiempo.
El
29 de Marzo de 1958, un enorme aluvión descendió
desde los cerros, arrastrando consigo, gente y
animales, a más de piedras, palos y lodo, llegó al
pueblo por diferentes sectores, y rompiendo las
paredes y puertas de las casas, que estaban a su
paso, siguió llevándose
todos los enseres domésticos,
como también a unas cuantas personas,
las que,
debido a la fuerza brutal de este fenómeno,
fueron arrastradas hacia la avenida, mientras
seguían luchando desesperadamente contra la
corriente,
hasta que al fin,
lograron ser rescatadas,
por varias personas que se encontraban
aterradas, mirando este hórrido espectáculo, pero
que, sin vacilar un momento, lo hicieron, a riesgo
de su propia vida.
Las
pérdidas materiales fueron cuantiosas, los
comerciantes fueron los más afectados, enormes
bultos de granos y otros productos iban dando tumbos
en la corriente, cual si fueran pequeñas cajas de fósforos;
una parte del aluvión,
bajó por el cementerio, destruyendo también
muchas tumbas. En buena
parte de la plaza, se acumularon montañas de
lodo, a más de enormes piedras, que nadie podía
entender, cómo llegaron hasta allí.
En
el Colegio de las Madres Oblatas, se reunieron
voluntariamente muchas personas, para ayudar en la
preparación de comida, y repartir cobijas y ropa a
los damnificados.
En
aquellos años, la emigración a Estados Unidos, ó
a cualquier otro país de América o Europa, era
casi inexistente, se sabía solamente, de muy pocas
personas que lo habían hecho; los jóvenes, salían
del pueblo, para continuar sus estudios
Universitarios, pero sin dejar de volver a él, en
cualquier corta o larga vacación; también, por la
falta de trabajo, muchas personas, se veían
obligadas a salir a las ciudades, pero llevándose
el recuerdo, y el deseo de volver a su tierra.
Los
que vivimos en el Alausí de aquellos años, tuvimos
la suerte de tener a nuestro alcance, el invaluable
servicio del ferrocarril. El Mixto hacía su
recorrido diario, de Durán a Riobamba, y viceversa,
con paradas en cada estación; cuando éste hacía
su arribo a Alausí, la plataforma de la estación,
no daba cabida a todas las personas que acudían a
ella, por diferentes motivos: unos, por adquirir los
periódicos, otros simplemente por distraerse y
formar parte del bullicio, y otros tantos, para
despedir o recibir a familiares o amigos. Luego
tuvimos el servicio de los autoferros, cuya rutina
diaria, también era de Durán a Riobamba, pero con
paradas muy breves, en cada estación. La ventaja de
este transporte, era que nos daba la oportunidad de
hacer el viaje de ida y vuelta, el mismo día, en
caso de una emergencia. Cabe decir, que en ese
entonces, estaba sólo en proyecto, la construcción
del puente sobre el río Guayas.
Este
es, en síntesis el Alausí que recuerdo, ni más ni
menos, de lo que correspondía a aquella época. En
ese entonces, también, nuestra más grande ambición,
era su progreso, y que, aquellos que llegaran a
pisar su suelo, a más de sentirse atraídos por lo
fascinante de sus paisajes, se sintieran cobijados
por el genuino calor de su gente.
Los
que aún tienen la suerte de permanecer en él, y en
especial los jóvenes de esta generación, sin duda
que, ayudados por las herramientas que nos provee la
tecnología, serán los artífices de un progreso más
acelerado para nuestro pueblo, el mismo que ya, lo
estamos palpando.
Gracias
una vez más, al grupo de profesionales que, con el
ingeniero Palacios al frente, nos están dando,
también a los ausentes, la oportunidad de ser partícipes
de lo que acontece en nuestro Alausí; sigan
adelante, llevando muy en alto, el colorido
estandarte de nuestro querido y nunca olvidado terruño.
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