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Por: Sra. Mirta Niama de Medina.
Junio
2, 2003
En
los actuales momentos en los que aprisionados por la
desesperanza y la incertidumbre a la que nos ha
sumido el desenvolvimiento de un mundo donde impera
la calumnia, la insensatez, la injusticia, la
inmoralidad, la mediocridad, antivalores que han
permitido que el hombre se convierta en lobo del
mismo hombre, cuando a través de diversos actos de
corrupción hemos caído en la pobreza moral, social
y económica.
Consecuentemente
con este hecho es menester que reflexionemos sobre
la función que como maestros venimos cumpliendo ¿Estamos
formando líderes honestos, capaces de conducir a
los pueblos positivamente por los senderos del bien
y del progreso?, Pues ellos se fraguan desde el
hogar, los bancos de la escuela, colegio y las
universidades.
Dentro
de este contexto he considerado pertinente hablar
sobre el rol que desempeña el maestro dentro de la
sociedad, entendiéndose éste por el accionar
democrático positivo, desinteresado y bien
intencionado del profesional de la educación para
dinamizar el proceso educativo, sustentado en la
predisposición al cumplimiento de una noble misión
que permita cultivar en el hombre sus características
intelectuales y afectivas para alcanzar las metas y
aspiraciones que exige el gran proyecto para
edificar un pueblo y una sociedad mas justa y
solidaria comprometida al servicio colectivo que es
para quien debemos trabajar.
Por
lo tanto, si consideramos que la educación
constituye la base para el desarrollo de los pueblos
y si el educador siendo el permanente guardián del
saber y del intelecto moldea la personalidad del niño
y del joven a su semejanza, debería revestirse de
una gran dosis de responsabilidad, de amor y de
entrega.
Si
bien es cierto que las políticas educativas de
Estado exigen el respaldo de un título académico
para ejercer la docencia, no basta exhibirlo por el
simple hecho de satisfacer quizá una vanidad
personal, sino más bien éste debe consolidar una
garantía para el resurgimiento de nuestra clase y
nuestra gestión al servicio de los educandos ya que
ellos constituyen la razón de nuestra presencia.
De
ahí que es necesario que nuestra función educativa
no se limite únicamente a instruir dentro de las
cuatro paredes del aula de la escuela o del colegio,
sino más bien debe proyectarse a la comunidad, que
es donde debemos educar al individuo para la práctica
del bien, capaz de convertirle en un agente de
cambio, en el protagonista de su propio destino, con
dignidad.
El
maestro no debería cumplir su trabajo por el simple
echo de devengar un salario que materialmente es
insignificante, lo debería hacer por convicción y
además vocación, ya que ella es la inclinación
innata de Docente para cumplir con la gran obra
educativa, con ética que es la práctica del
conjunto de normas del convivir humano que deben
regir nuestra actividad dentro de los parámetros
del respeto, la honradez, la modestia, la dignidad,
el honor, valores morales que deben identificarnos
cultivándolos diariamente, inspirados en egregias
figuras nacionales de educadores como González Suárez,
Luis Felipe Borja, El Hermano Miguel, Alfredo Pérez
Guerrero y muchos más, que por su diáfana
sapiencia y por su acciones dignificantes en el
quehacer educativo han honrado sus nombres.
Si
la patria se engalana ante la aureola de insignes
educadores que se han convertido en paradigmas del
magisterio nacional, considerado de estricta
justicia, resaltar también honrosas jornadas
educativas cumplidas con verdadera mística por
distinguidos maestros de la localidad, muchos de
ellos descansan ya en el sueño eterno, y otros
apartados de la actividad docente siguen ilustrándonos
con su ejemplo, ¡cómo ignorarlos! Si su gestión
quedó grabada en páginas imborrables de la
historia de nuestro pueblo, del magisterio cantonal,
provincial y porque no decirlo nacional, forjando
con su labor altruista, y perseverante a hombres y
mujeres libres, con gran capacidad de
discernimiento, capaces de formular cuestionamientos
para la búsqueda de la verdad, imprimiendo en sus
alumnos verdaderos principios morales, éticos, cívicos,
religiosos como lo testimonian varias generaciones
pasadas, consecuentemente entonces es cierto
"Que lo que bien se enseña, bien se aprende y
lo que se aprende bien nunca se olvida".
Es
entonces que siento la necesidad en esta oportunidad
de expresar mi admiración y gratitud a aquellos
maestros y maestras SEÑORES DE LA EDUCACIÓN, a mis
maestros que hicieron de su labor un verdadero
apostolado.
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