Por: Sra. Bernardita Larrea de Guerra.
e-mail: blguerra@lycos.com
WebSite: http://blguerra.tripod.com
Julio
13, 2003
En
esta, susinta narración, de la vida de los primeros
inmigrantes alauseños, en el área metropolitana de
New York, me voy a referir en particular, a los que
arribaron, más o menos, a
mediados de los años sesenta, y principios
de los setenta, ya que, es con ellos, con quienes
puedo identificarme, en algunos aspectos.
Es
indudable, que nos convertimos en inmigrantes, por
voluntad propia, nadie nos obliga, son las
circunstancias, casi siempre de orden económico,
las que nos orillan a hacerlo, y esto, después de
mucho cavilar, y de un análisis minucioso, de los
pros y los contras, especialmente, cuando ya se ha
formado una familia.
Es muy difícil, abandonar la tierra que nos
vio nacer, y establecernos, en una forma transitoria
o definitiva, en un país, con idioma y costumbres
diferentes, donde hay que cumplir con estrictos
horarios, y donde, ser puntuales, es algo que nos
cuesta aprender.
Sin embargo, soslayando todas estas
dificultades, habemos, miles y miles, que lo hemos
hecho, siempre buscando, un mejor porvenir.
El
primer año, en la vida de un inmigrante, por lo
regular, está lleno de vicisitudes, a veces nos
cuesta mucho, encontrar un trabajo estable, y
conseguir un departamento, que nos acomode, y se
acomode a nuestro presupuesto; casi todos, venimos
con deudas, contraídas para hacer el viaje, y por
lo tanto, lo poco que se gana al principio, tiene
que fraccionarse necesariamente. Si es un hombre
solo ( tanto, porque sea soltero, o porque tuvo que
dejar a su familia, para traerla después), la mayoría
de las veces, tiene que vivir con amigos, en pequeños
departamentos amoblados, o con alguna familia
conocida, que le arrienda un cuarto, y que, por un
pago adicional, le proporciona una comida diaria, de
lunes a viernes.
El
único consuelo, para los que venimos hace algunas décadas,
eran las cartas, enviadas por correo aéreo, que
demoraban de diez a doce días, tanto de ida, como
de vuelta; si se enviaba algún dinero, por giro
postal, en Alausí, había mucha dificultad para
cambiarlo, el único modo, era por medio de alguna
persona, que por cuestiones de negocios, hiciera
viajes frecuentes, ya sea a Guayaquil o a Quito, ésta,
casi siempre, nos hacía el favor, pero por algunos
sucres menos, de lo que en ese entonces costaba el dólar
( en 1.965 eran 18 sucres).
El
no saber Inglés en aquella época, también era un
impedimento más grande, del que representa ahora,
por obvias razones. Se da mucho el caso (y esto,
entre todos los inmigrantes, que por una u otra
causa, no aprendemos Inglés, tan pronto como es
preciso), que apenas nuestros hijos, por ser niños,
lo aprenden rápidamente y sin dificultad, les
empezamos a presionar para que nos sirvan de intérpretes,
sin considerar que su vocabulario, es aún muy
limitado, especialmente en lo que se refiere a términos
bancarios, o de asuntos oficiales; ellos, se sienten
frustrados, y a veces nerviosos, por no poder
ayudarnos; también sucede que, por la ventaja que
tienen sobre nosotros, en lo que al Inglés se
refiere, nos manipulan a su antojo, especialmente,
en lo relacionado, a su aprovechamiento y conducta
en la escuela.
Lo
que se podía considerar relativamente fácil, en
los años sesenta, era conseguir la visa, para venir
de residentes a los Estados Unidos, se requería ,
de una garantía, emitida por un familiar o amigo,
que ya estuviera establecido en este país, esto,
era únicamente, porque el gobierno, quería
estar
seguro, de que la persona que iba a emigrar,
no se convirtiera en una carga pública, mientras
encuentra un trabajo estable. A más de esta garantía,
era necesario cumplir con ciertos requisitos
adicionales, como, exámenes médicos y de
laboratorio, así como, un número específico de
fotografías. Una vez cumplido con todo esto, se debía
presentar en el Consulado Americano, ya sea, de
Quito o Guayaquil, para recibir el permiso para
viajar como residente, a cualquier punto de los
Estados Unidos. La visa de turista, era aún más fácil
y rápida de conseguir. Esto ha ido cambiando, con
el paso de los años, y todos sabemos, las
dificultades que existen ahora.
A
principios de la década del sesenta, era casi nula
la inmigración de alauseños, a los Estados Unidos,
por lo tanto, era también muy poco, lo que se sabía,
de la vida en este país, no teníamos T.V., y por
lo tanto los periódicos, la radio y las películas,
eran nuestros únicos medios de información;
recuerdo que en el año cincuenta y nueve, un joven
alauseño, vino a New York, con visa de residente,
ya que una de sus tías, estaba establecida aquí,
desde mil novecientos cincuenta; regresó después
de un año, y esto, lo convirtió, en el punto de
atención de sus amigos, y en general de buena parte
del pueblo, todos querían saber, cómo era la vida
en esta gran ciudad, querían escucharle decir
algunas frases en Inglés, e inclusive, estaban
pendientes de lo que vestía, ya que, en ese
entonces, la ropa americana, no formaba parte del
ropero de los alauseños. Especialmente, durante los
primeros días, un buen número de personas, se reunían
a su alrededor, y él, con el buen sentido del
humor, que siempre le ha caracterizado, les narraba
en una forma amena y divertida sus experiencias,
siempre con una mezcla de realidad y fantasía, llevándoles
en alas de la imaginación, a un mundo, que en ese
entonces, era muy poco conocido.
Más
o menos, a partir de 1.964, empezaron algunos
alauseños, a emigrar al área de New York,
entre ellos recuerdo a: Don César Soria, Don
Modesto Molina, Don Ricardo Guerrero, Don Edmundo
Guerra, Don Luis Hernández, Don Oswaldo Robalino,
Carlos Cuesta, Manuel Ortiz, Jorge Vallejo, Bolívar
Hernández, Raúl Ramírez, Edison Cattani, Jorge
Guerra, las Hnas. Guadalupe, Nelly Velasco, Alba y
Sergio Riofrío, Alba Alicia Cadena, Guillermo
Coral, Carlos Campos, Guillermo Fiallo, los mismos
que en un tiempo muy corto trajeron a toda su
familia inmediata, y en la mayoría de los casos,
también a sus padres, hermanos, cuñados, primos
etc..Un poquito más tarde vinieron, Miriam y Almo
Cattani, Bolívar Silva, Luz Andrade, Manuel
Rivadeneira, Miguel Bonilla, Efraim Benalcazar,
Justo Gavilanes, Hnos. Zurita, Hnos. Avecillas,
familias: Vallejo, Andrade, Fiallo, Ramos, Bayas, López,
Arauz, Rodríguez, Sánchez, y algunos otros que
escapan a mi memoria; en fin, ahora no hay una
familia alauseña, que no tenga un miembro de ella,
viviendo en alguna ciudad de los Estados Unidos. El
mayor aliciente de todos nosotros, era reunirnos,
con la mayor frecuencia posible, ya sea para
festejar un cumpleaños, una boda, las fiestas de
San Pedro, o simplemente, por el deseo de hacerlo.
El punto central de estas reuniones, eran los
recuerdos de nuestro pueblo, los de menos edad,
escuchaban con mucha atención, las vivencias de los
mayores, y viceversa, las dos palabras más
repetidas eran: “se acuerdan, o te acuerdas”, de
esto o de aquello; los recuerdos afloraban por arte
de magia, en la mente de todos, y cada uno aportaba,
con el que más grabado estuviera en su memoria;
recordábamos
por ejemplo: las retretas en el parque, con
la banda municipal, los serenos que los enamorados
llevaban a las muchachas, las fiestas de San
Pedro, de los años cincuenta y parte de los
sesenta, con los grandes toreros aficionados, que
nos hacían gozar a cabalidad de la fiesta brava,
eran valientes y decididos, que se daban por entero
a su arte, entre los que se han quedado grabados en
la memoria son: Alejandro
y Aquiles Ortiz, Carlos Manrique, Carlin
Fajardo, Chuchuta, y muy poco después, Guarro
Vallejo y Carlos Fiallo, que son los que más nos
impactaron, a los que vivimos en el Alausí de
aquella época.
Aunque,
para algunos de estos primeros inmigrantes alauseños,
los años escolares estaban bastante lejanos, entre
todos, recordábamos los paseos a Sinancumbe, a la
Primavera, a la planta de luz, y los más cortos que
eran a Chiripungo; recordábamos, que para ellos,
nos preparaban canastos con frutas y emparedados de
queso y mortadela, los que a veces, se empezaban a
consumir desde la noche anterior, ya que, por el
nerviosismo y la expectativa no podíamos conciliar
el sueño. Al llegar al quinto y sexto grado, ya los
paseos eran más largos, como a las Minas de Azufre,
a Huigra, a la Moya, a la Nariz del Diablo etc.; los
hombres, también recordaban los castigos que les
había propinado el Sr. Narváez, si habían ido a
la “Trece de Noviembre”, o al “Pensionado
Alausí”, y los del Sr. Arellano, si habían ido a
la “Manuel Maria Sánchez”; las mujeres, casi
nunca reconocíamos haber recibido alguna clase de
castigo, sea que hubiésemos estado, en uno de los
dos colegios religiosos, o en la “Inés Jiménez”.
Cabe recordar en este punto, que las reuniones, en
las que tuvimos el gusto de compartir con Don César
Soria, q.e.p.d., eran muy especiales, porque él,
era una persona muy carismática, con un excepcional
sentido del humor , la sencillez, era su mayor
cualidad, y a pesar de haber gozado, de una situación
económica muy buena en nuestro país, se adaptó
muy bien, a las reglas que debe cumplir un
inmigrante; también, son inolvidables, la
caballerosidad, y el dón de gentes, de Don Modesto
Molina q.e.p.d., y de Don Ricardo Guerrero. Juntos,
recordábamos también, que cuando estábamos en
nuestra tierra, la música nacional, no nos llegaba
tan hondo, como cuando la escuchamos, estando lejos
de ella, siempre nos pone nostálgicos, y casi sin
darnos cuenta, nos humedece los ojos de lágrimas,
las mismas que las enjugamos, con los recuerdos de
los momentos alegres.
A
mediados de la década de los sesenta, aún no existía
en el área de New York, la T.V. en español, por lo
tanto las noches se nos hacían un poco aburridas;
cuando se inauguraron los dos canales que existen
ahora, primero el canal 47, y luego el 41, estos,
tenían un horario limitado solamente, a las
primeras horas de la noche, las novelas eran en
blanco y negro, y habían sólo unos cuantos
programas de variedades, como el de Mirtha Silva,
Miguelito Valdez, Pumarejo, Boby Capó etc., los
noticieros eran muy escuetos, y no tenían
corresponsales
en todos los países, por lo tanto, muy rara
vez, nos enterábamos, por medio de la T.V., de lo
que acontecía en el nuestro. Con el paso del
tiempo, todo ha cambiado significativamente, en la
actualidad, ya no nos comunicamos por carta, sino
por el Internet, la T.V. es por satélite y por
cable, y hay decenas de ellos, y también, es
posible, convertir un cuarto de nuestra casa, en una
sala de cine.
La
mayoría de los inmigrantes a los Estados Unidos, al
poco tiempo, adquieren un carro, y en unos cuantos años,
se hacen de una casa propia, viajan por lo menos
cada dos años, a visitar a la familia, y algunos
también, compran casa en el Ecuador, o por lo menos
un terreno, siempre pensando en el regreso. Sin
embargo, no importa el estatus económico, que se
haya alcanzado, la vida del inmigrante es agri-dulce,
tiene mucha dualidad, a veces, nos sentimos muy
contentos, y muchas otras, llenos de añoranza; lo
que más nos conforta, es tener noticias del lugar
donde nacimos, y ver a los amigos, para compartir
recuerdos.
Muchos,
de los primeros inmigrantes alauseños, ya se nos
adelantaron en el viaje final; algunos antes, y
otros, una vez jubilados, han regresado al Ecuador,
y también hay otros, que han decidido quedarse,
junto a sus hijos y nietos, aunque no por esto,
dejen de recordar a la tierra, con un amor que crece
cada día, y con la nostalgia y añoranza, que ya
son parte de su diario vivir.
Tanto
los inmigrantes de ayer, como los de hoy, talvez,
cada uno, con recuerdos y situaciones diferentes,
pero con el orgullo compartido, de ser alauseños,
seguiremos desde lejos, apegados a nuestras raíces,
y para todos, no habrá NUNCA, un paisaje más
hermoso, que el de nuestra tierra, y con él en
nuestra mente, exhalaremos el último suspiro.
Concluyo,
con la última estrofa de mi poema: “DESPEDIDA”
-Si
fuera el caso que el cruel destino,
a mi regreso, se opone un día,
desde otro mundo, lejano y frío,
polvo y ceniza, yo volvería.-
|